Dejar atrás la guerra relámpago

Sergio Campo
Responsable de Discurso en Podemos Euskadi

A lo largo de la historia han sido varios los momentos en los que se han empleado estrategias militares consistentes en buscar avances muy rápidos concentrando toda la fuerza de fuego en un punto concreto de las líneas enemigas con el fin de romperlas y penetrarlas. En el siglo XX, esta estrategia que permitía tomar amplios territorios en un corto período de tiempo y con pocas bajas se generalizó, recibiendo el nombre de blitzkrieg o “guerra relámpago”.

Nos gusten más o menos las analogías militares, algo de esto había en la primera Asamblea de Vistalegre en 2014 con el “asalto a los cielos” y la “maquinaria de guerra electoral”. En su traducción política, en absoluto belicista, nos proponíamos acceder al gobierno, no como fruto de una larga estrategia de acceso gradual, primero en lo social y después en las urnas, sino a través de un desborde consecuencia de la necesidad urgente de dotarnos de gobiernos dignos. Unos gobiernos a la altura de las respuestas justas que una amplia mayoría social demanda ante una insoportable crisis económica e institucional.

Las elecciones de diciembre de 2015 y de junio de 2016 –y los aciertos y errores previos a estas– nos señalaron los límites de dicha estrategia que ha quedado superada tras la asamblea de este año de Vistalegre y en la que se han priorizado otras claves como el fortalecimiento de los círculos, el enraizamiento en el territorio y el trabajo con la sociedad civil organizada. Dicho de una forma más gráfica, colectivamente nos hemos propuesto construir el proceso de cambio social y político no sólo con rapidez sino, especialmente, en profundidad.

Ahora bien, la primera estrategia ha dejado una profunda huella en nuestra organización, en nuestras bases, en los círculos y en nuestra forma de entender la política. Una huella que configura en cierto modo una cultura organizacional todavía en transición. Así, es importante que reflexionemos sobre algunos aspectos de nuestro día a día con vistas a renovar nuestras estrategias y adaptarlas a la nueva fase del ciclo político en Euskadi. Un nuevo ciclo que hemos definido como una reacción por parte de las fuerzas hegemónicas, como un intento de cierre por arriba por parte de PNV, PSE y PP. En este sentido, al igual que hemos hecho a nivel estatal nuestra estrategia política en Euskadi debe ser readecuada, abordando, entre otras muchas cuestiones aspectos relativos al discurso, el ritmo político o el abordaje de los temas. Pero esta necesidad de renovación no se limita sólo a lo comunicativo, pues también se extiende a los propios contenidos.

En ese plano comunicativo, en los últimos años han llamado la atención los cambios que se están dando en otras fuerzas políticas, poniéndose en ocasiones más el foco en lo estético que en el fondo. Sin embargo, los cambios más significativos son precisamente los que se han producido en el ámbito discursivo. Así, cada vez resulta más frecuente escuchar en boca de representantes de otras fuerzas políticas elementos propios de Podemos y de las fuerzas del cambio como Elkarrekin Podemos o unidos Podemos. No es extraño oírles hablar de “gente”, “transparencia”, “gobernanza”, de “poner en el centro las necesidades sociales” o de “hacer políticas para la mayoría de la ciudadanía”. En algunos casos incluso se hacen los falsos indignados con la corrupción. Eso sí, siempre y cuando sea en Madrid y con el PP, y no con la suya propia y en Euskadi. Todo esto es especialmente habitual, aunque no solamente, en el PNV que está buscando su afianzamiento como fuerza dirigente del país por antonomasia.

Que se esté produciendo en partidos hegemónicos este cambio discursivo, a pesar de ser una versión superficial y vacía de contenido, muestra el éxito y la penetración de la llamada “nueva política” en el conjunto de la ciudadanía. Se ha configurado un nuevo estándar al respecto. Pero también es la constatación de que ese lenguaje se asentaba sobre valores hasta cierto punto fáciles de asimilar por el sistema y las élites. Por esta razón, es momento de dar un paso más y de optar por valores más profundos, con aristas, más difíciles de asir por los partidos tradicionales, pero que continúen permeando igualmente el imaginario colectivo.

Una de las claves para dificultar la cooptación discursiva de los partidos hegemónicos pasa por un cambio de ritmos. Durante la fase anterior, de guerra relámpago, era necesario lanzar a diario nuevas cuestiones y temas de interés social y político. Formaba parte de esa estrategia de concentración de fuego. En este momento es más importante profundizar en cada uno de esos temas. Ya no se trata tanto de señalar las carencias de las agendas políticas tradicionales, como de poner el énfasis en la viabilidad de alternativas más justas y de futuro. Es preciso planificar estrategias más sostenidas en el tiempo y progresivas, dentro y fuera de las instituciones, acompañando a y acompañadas de la sociedad civil organizada.

La dinámica actual no es sostenible en el tiempo y su cambio choca con una realidad que no es solo interna. Tiene la dimensión externa de alimentar la demanda de unos medios de comunicación ávidos de temas de consumo rápido. De ahí la importancia de diseñar estrategias progresivas en las que la información y las iniciativas sobre una misma cuestión se sucedan una tras otra manteniendo el interés informativo y el de la opinión pública. El objetivo no es sólo evitar que el tema se queme rápidamente, sino intentar quemar y posicionar al adversario con cada tema.

Este cambio de ritmo no conlleva en ningún caso una pérdida de potencia política. Haciendo un paralelismo, tenemos que ser el hilo conductor de una corriente política y social que en este momento no pasa tanto por subir el amperaje como por incrementar el voltaje, es decir, la diferencia de potencial, la tensión entre dos puntos. No se trata de hacer circular mucha cantidad de temas, sino de hacerlo confrontando dos puntos, dos sistemas de valores, cada vez más alejados entre sí. Se trata de ser el cauce de un caudal menor pero mucho más intenso.

La distancia entre nuestros sistemas de valores no debe hacernos perder de vista que el nuestro, el de las fuerzas de cambio, debe ubicarse en claves cercanas o cuanto menos asumibles por la mayoría social que aspiramos a movilizar. En esta lógica es más útil posicionar al adversario en un extremo que reposicionarnos nosotras en un lugar que la ciudadanía no pueda, quiera o sea capaz de sentir como propio.

Veamos, a la luz de lo expuesto, el caso de la moción de censura contra Rajoy como un buen ejemplo de todo esto. En ella, al Gobierno del Partido Popular se le ha posicionado en el extremo político de la indignidad y el quebranto de nuestra democracia. Frente a ellos, Unidos Podemos no se ha movido un ápice de la posición de representar el sentido común de la mayoría de la ciudadanía. Sin embargo, la distancia entre ambas posiciones se incrementa. Un planteamiento que huye de la rapidez para adentrarse en la lógica de la profundización logrando como resultado final la máxima potencia política.

Una de las cuestiones que más llamó la atención en esa moción de censura, fue el emocionante discurso de Irene Montero. Y es que a la hora de construir y afianzar la identificación de nuestro sistema de valores con el del sentido común popular, juega un papel fundamental la capacidad de empatía y, por lo tanto, de emocionar. Decía Oscar Wilde en El alma del hombre bajo el socialismo que “resulta mucho más fácil suscitar emociones que inteligencia”. No le faltaba razón. La pretensión de desvelar la verdad no puede ser excusa para abandonar una de las lecciones que hemos aprendido las fuerzas del cambio en los últimos años: no basta con tener razón, ni tan siquiera buenas razones. Para que estas sean eficaces, es necesario generar una disposición previa que viene condicionada por lo emocional. Así lo señalaba Manuel Castells hace unos días en la Universidad de Verano de Podemos. En este sentido, es imprescindible reconectar con la gente común y con las clases populares que se han sentido traicionadas por los viejos partidos. Esto lo hemos visto con Corbyn, Mélenchon o Sanders. En todos ellos, la reconexión tiene múltiples causas que la explican, pero solo una ejerce como denominador común: la capacidad que han tenido para emocionar.

Su traslación a la actualidad política vasca es de gran relevancia, como por ejemplo al plantear nuestra alternativa a la regresiva reforma de la Renta de Garantía de Ingresos (RGI). No podemos caer en el error de obviar este aprendizaje, porque el adversario (PNV, PSE y PP) lo ha aprendido también y tiene su propia estrategia: apelar al sentimiento de agravio para enfrentar a los de abajo con los de más abajo aún. De ahí que agiten el señuelo del fraude dándole una dimensión que no tiene. A nosotras, junto con los movimientos sociales, nos corresponde la tarea de fondo de presentar la cara humana de la pobreza y la desigualdad, de estimular la empatía y la solidaridad, de facilitar que una mayoría social opte por situarse junto a las personas más vulnerables. No valen atajos ni optar por las soluciones fáciles, porque esta lucha puede definir el rumbo que tome el intento de cierre por arriba que intentan las élites en Euskadi.

Sin embargo, más allá de este tipo de cuestiones sobre el cómo –entre las que merece un tratamiento propio la relación con la sociedad civil organizada– también hay que plantearse el qué, el contenido de nuestra acción política. No basta con señalar únicamente la necesidad de trabajar en profundidad, en estrategias más sostenidas en el tiempo, introduciendo valores “duros” para el sistema, subiendo el voltaje político y conectando emocionalmente con la mayoría social. También es importante que señalemos la necesidad de acertar al abordar aquellas cuestiones que respondan a las necesidades e inquietudes de la ciudadanía.

Podemos afirmar sin equivocarnos que la ciudadanía ya nos percibe como la fuerza política que defiende prioritariamente los derechos sociales o que más claramente representa la regeneración política. Cuestiones sobresalientes en las preocupaciones de amplios sectores sociales. Pero son agendas que se proyectan sobre problemas presentes pero con origen en el pasado. Se orientan a responder a recortes sociales y a una sucesión de casos de corrupción. Pero no tanto, aunque también, a mirar al futuro desde el presente. Esto otro se vincula a las expectativas, más o menos ciertas, más o menos cercanas en el plano temporal, de “tener oportunidades”, “alcanzar una cierta estabilidad” o “mejorar las condiciones materiales de vida”. Se vincula, por lo tanto, más a cuestiones vinculadas con el acceso al empleo, su calidad, la economía o políticas de desarrollo territorial y productivo.

Es preciso, por lo tanto, configurar otro estándar, uno nuevo, no sólo discursivo y comunicativo, no sólo de la política del pasado y del presente como, en buena medida, hemos hecho hasta ahora. El reto es ser ya, hoy, el futuro. Justo cuando parece que no hay alternativa. Y eso pasa necesariamente por hacernos fuertes donde ahora mismo lo somos menos: en empleo, desarrollo productivo y territorial, política económica y fiscal. Fuertes en un ámbito que ha sido hasta ahora monopolio de las fuerzas hegemónicas. Fuertes en un ámbito que genera incertidumbre a esas clases populares y a ese precariado –mayoritariamente joven, pero no únicamente– que confía en buena medida en nosotras. No se trata sólo de ser el futuro por la edad de nuestro votante medio, se trata de conquistar el futuro por ser las fuerzas políticas que una mayoría ciudadana identifica con la respuestas más justas, sostenibles y útiles frente a los retos de nuestra sociedad. Respuestas que generen ilusión y esperanza como contrapoder al miedo, a la incertidumbre y a la resignación. Todas estas son cuestiones que no sólo identificamos como necesarias sino que tenemos la responsabilidad de llevar a cabo, sobre todo, porque contamos con la capacidad política y organizativa de realizarlas.

 

Artículo original de publico

Autor: BesterikGabe

Información y opinión. La actualidad a través de artículos. Hace tiempo que murió la objetividad.

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