Contra el espíritu de la venganza

Freddy Ñáñez, ex-ministro de Cultura de Venezuela y Presidente de Fundarte

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Una revolución es una empresa y una esperanza común que se construye y emprende en colectivo; es decir, desde el reconocimiento y la valoración positiva de la diferencia, el conflicto y la lucha. Siendo así, su mayor divisa es lograr inquietar todo lo que hasta el momento parecía insensible y transformar lo hasta ahora inmutable de la realidad y del pensamiento. Y esto incluye a la misma idea acuñada de revolución y de un ser revolucionario pre-existentes. Por esto, lo primero que vemos afectarse son las condiciones vigentes que hacen soportable la devaluación de la vida y la formalización de la miseria en todas sus dimensiones. El combate comienza entonces en el terreno del sentido, y su propósito no es otro que dilatarse hasta elevar el entendimiento al estadio de la permanente trasmutación de valores. De manera que el desafío de una revolución reside en la creación de algo nuevo y no tanto en su capacidad de destrucción.
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El primero de los valores que debe enfrentar tanto en el campo filosófico como en el psicológico y político es precisamente aquel que ha mantenido inmerso a los pueblos en la frustración histórica: el consabido espíritu de la venganza y sus consecuentes ideales negativos de la existencia, un tema ampliamente desarrollado y combatido por Nietzsche. El ojo por ojo, inscrito en el alma de occidente, no es el único de los principios que debe superar el pensamiento revolucionario; existen otras fórmulas que han legitimado el resentimiento, la revancha, la nostalgia o añoranza como la idea del paraíso perdido y la promesa del más allá como compensación; que en definitiva mantienen a la voluntad prisionera en la impotencia entre un pasado irremediable y un futuro irrealizable. La venganza se sostiene principalmente en esa concepción del tiempo fallido y suele pervertir el deseo de justicia que motoriza los cambios políticos y económicos indispensables en la transformación cultural. Deseo de justicia que en definitiva tiene como propósito hacernos más justos, y no jueces, como es la usanza.
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Las revoluciones que ha conocido la historia se han debatido éticamente en esta interpretación del tiempo, de las causas y del sujeto que en el fondo constituyen su razón de ser. Vengar lo que fue y esperar del futuro recompensa son precisamente los valores que atentan contra la vitalidad, la creación: todo lo que es capaz de encarnar esa fuerza colectiva. Este ánimo de revancha mantiene activa a la clase media nacional y es el verdadero combustible del fascismo. Como capital fundamental del pensamiento reaccionario, el principio de venganza es manejado por la propaganda desde el texto religioso con mucha alevosía para provocar no solo un apoyo irracional hacia las élites financieras que disputan hoy el aparato político, sino para neutralizar además cualquier germen libertario dentro de sus seguidores (a fin de cuentas, la clase media existe cuando unos pobres se creen mejor que otros). En cuanto a nosotros, conviene seguir en la afirmación del proceso como voluntad de transformación y emergencia de sentido, y esto supone aceptar también todas las condiciones que lo han hecho posible. La ley contra el odio, propuesta por el Presidente de la ANC, ya comienza a ser un debate nacional y, en pleno reflujo del racismo en el mundo, es urgente se materialice con ella una victoria ética contra el espíritu de la venganza.

Autor: BesterikGabe

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