Autogobierno: un pacto social para vivir mejor que ahora, convivir mejor que antes y hacerlo más libremente que nunca

Sergio Campo, Responsable del Área de Discurso de Podemos Euskadi.

 

Elkarrekin Podemos tiene la voluntad y la fuerza para reinventar, o al menos redefinir, qué significa el autogobierno –y la propia noción de “país”– como fundamento de nuestra convivencia y de una vida mejor para la mayoría. Este camino, es justo decirlo, no lo iniciamos nosotras ni lo transitamos en solitario. Nos preceden no pocos autores vascos que han desafiado y desafían los marcos políticos y sociales que han definido la forma de pensar y de construir nuestro país. En general, este repensar Euskadi, parcialmente invisibilizado, se ha hecho desde una doble vertiente que afirma tanto una visión más social como otra más inclusiva de la pluralidad de identidades que conforman la sociedad vasca. Con sus aciertos y desaciertos, ahí encontramos a Ramiro Pinilla, Celaya, Ángela Figuera y Gabriel Aresti, o más recientemente a Ramón Saizarbitoria y Bernardo Atxaga. Quizás este último ha sido el que más ha calado en el imaginario colectivo con la metáfora de Euskal Hiria.

No llegamos los primeros, ni falta que hace. Tampoco con la mochila vacía. De hecho, es importante asumir que llegamos a un terreno de juego que ha sido definido durante largo tiempo por otras ideologías y fuerzas políticas. No obstante, ese terreno de juego no es homogéneo, constante ni inmutable. Así son las sociedades abiertas y democráticas: cambian constantemente y cada cierto tiempo deben repensar las reglas de juego de lo social, lo político, lo cultural y lo simbólico. Como decía Bernardo Atxaga:

Hay miradas que son creadoras, inventoras, y además son generales: así las de la poesía; así también las de la ideología política; poesía e ideología política que, mezcladas, llegan a crear la imagen de un país entero o la de un enorme colectivo de personas.

[…] entre las personas o los sectores que portan las miradas, las concepciones, [se da] una lucha por la hegemonía, sobre quién mira más y mejor, sobre qué poesía es más auténtica y más se extiende por toda la sociedad.

En Euskadi tenemos abierta una ponencia parlamentaria que aborda la actualización y renovación del autogobierno, ponencia que, a iniciativa nuestra, también incluye lo relativo al derecho a decidir. Se trata de un debate que tiene la vocación manifiesta de materializarse en un nuevo estatuto y que se da en un contexto en el que los pactos entre partidos tradicionales (PNV, PP y PSE) son fuertes. Estos acuerdos los hemos definido en otras ocasiones como un intento de dichas élites de hacer un cierre por arriba para prevenir los procesos de cambio social y político. Se avecinan legislaturas largas en Vitoria-Gasteiz y en Madrid. De hecho, se trata de acuerdos diseñados por esos partidos para reforzarse mutuamente en su posición de gobernantes naturales, por antonomasia, dibujando para ello un país a su medida y a la medida de sus intereses.

La posibilidad, algo más que probable, de que haya un nuevo estatuto juega en estas claves. Este estatuto es concebido por el PNV como un valioso instrumento para asentar su visión del país, de la sociedad, de las instituciones y del propio autogobierno. Por eso su planteamiento discurre en una lógica de parte, la suya exclusivamente, que se reduce a lograr algún reconocimiento de la realidad nacional en el preámbulo y la mayor acumulación posible de cuota de poder propio consiguiendo para ello alguna competencia más y blindando sistemas bilaterales cerrados.

Es fundamental que en Elkarrekin Podemos afrontemos este debate sabiendo que no está en juego un estatuto, sino todo un modelo de país. Y frente al ya asentado, tenemos que proponer otro alternativo. Esta pugna va a ser igual de decisiva que otras luchas en contextos más clásicos para las fuerzas progresistas como pueden ser los conflictos sociales, económicos o medioambientales.

La del autogobierno no es una lucha ajena a los problemas sociales y económicos de la mayoría, por más que se dé en un terreno de juego definido por el adversario en clave identitaria y de hechos diferenciales respecto a otros pueblos y naciones. A pesar de décadas en las que las fuerzas tradicionales lo han tratado como un mero reparto de competencias, el autogobierno no es un campo estéril para el cambio político, para la lucha contra la desigualdad y para vivir mejor. De hecho, puede ser una de sus palancas si tenemos acierto tanto al proponer y convencer como al acordar, porque también habrá que acordar o, al menos, intentarlo sinceramente.

En una sociedad esencialmente plural como la vasca, las fuerzas políticas estamos llamadas a entendernos en estas cuestiones para alcanzar consensos sociales amplios, plurales y transversales. Sin embargo el pasado nos ha enseñado que este entendimiento solo puede darse en un plano de igual legitimidad entre proyectos. Sin subalternidades de ninguna clase. Y, sobre todo, en nuestro caso, estamos llamadas a entendernos si es en clave de poner los pilares de futuro de nuestra sociedad, no de autenticidades. Siguiendo con la referencia a Atxaga:

[…] de todas las miradas -la creadora, la inventora, la que tiene su origen en una ideología, la poética-, ésta última, la poética, es la “otra mirada”. Hago esta elección con la vista puesta en la creencia de que, aquí, en este país, tenemos mucha necesidad de ella, necesitando, además, que sea verdaderamente otra: diferente, al menos, de las que han estado en la base de las ideologías dominantes.

La apuesta de Elkarrekin Podemos dibuja el futuro en tres dimensiones: vivir mejor que ahora, convivir mejor que antes y hacerlo más libremente que nunca. Dicho de otro modo: tenemos que ofrecer a una amplísima mayoría social la seguridad de más oportunidades y mejor repartidas de un modo más igualitario y sostenible; el compromiso con una convivencia entre diferentes verdaderamente democrática; y la posibilidad de procesos en los que la ciudadanía pueda no sólo decidir más, sino también mejor a través de procesos deliberativos y directos.

Necesitamos cambiar por completo la forma en la que se ha venido entendiendo el autogobierno. Debemos ser esa otra mirada que decía Atxaga. El autogobierno no es un tema de “los nacionalistas”, ni es una cuestión de sumarse a los acuerdos de otros o de tener tal o cual competencia más por el mero hecho de tenerla. Al contrario, autogobierno es establecer los cauces para decidir “para qué” queremos cada competencia y “para qué” llegamos a cada acuerdo. En nuestro caso, con un marcado carácter de sostenibilidad social y medioambiental. El de esta legislatura debe ser un marco para que se entienda que este es el momento y la oportunidad para dar cabida a otros contenidos, a otras formas y a otros objetivos que interesen a una mayoría y no sólo a una parte como ha ocurrido hasta ahora.

El impacto de este enfoque en los contenidos de un nuevo estatuto son evidentes: blindaje de derechos sociales, garantizar los servicios públicos, compartir los derechos humanos como base de la convivencia, comprometerse con un sociedad donde mujeres y hombres sean iguales, promover un modelo de desarrollo que no comprometa los recursos de las siguientes generaciones, definir otra arquitectura institucional más cercana, transparente y municipalista, así como garantizar mecanismos para la participación ciudadana en la toma de decisiones políticas. Hay que plantear la necesidad de un estatuto que no sea un texto de carácter administrativo que reparte una serie de competencias. Los tres ejes citados señalan la necesidad de un acuerdo político de fondo, de un nuevo pacto social. Un pacto entre vascos y vascas que han aprendido de los aciertos y errores del pasado –sin hacer tabla rasa con todo lo anterior– y acuerdan unas bases compartidas para enfrentar los retos del futuro.

El término “pacto social” indica que el nuevo estatuto no puede reducirse a un mero acuerdo entre partidos en el ámbito parlamentario. Debe ir mucho más allá. La ciudadanía no puede contentarse ni con refrendarlo –o no– ni con hacer aportaciones a un texto cerrado de antemano. La aportación de los agentes sociales, sindicales, de la sociedad civil debe darse incluso desde antes de contar con un texto articulado. Una aportación que no se resuelve en una comparecencia en la ponencia del Parlamento. Debe darse la oportunidad de que estos agentes sociales presenten sus propias propuestas por escrito, abrirse a dinámicas locales dirigidas a la ciudadanía, de mesas sectoriales, etc. Un pacto social en el siglo XXI no nace y termina en un trámite parlamentario. Se nutre fundamentalmente del aporte de la sociedad.

El pacto social que Euskadi necesita tampoco se reduce a contar con un nuevo estatuto. Una parte significativa de la ciudadanía está reclamando la posibilidad de participar en la toma de decisiones políticas que trascienden al ámbito clásico de la acción política, ya sea esta municipal, foral o autonómica, ya sea una incineradora, una infraestructura como el TAV o sobre la cuestión de las ayudas sociales. Esa dimensión social del derecho a decidir, sobre todo cuando se trata de decisiones que podrían afectar a una generación, puede y debe encontrar instrumentos para su vehiculización en estatuto.

Sin embargo, en lo que respecta a la dimensión territorial de ese mismo derecho a decidir, es decir, la posibilidad de que la ciudadanía decida apostar o no por un nuevo estatus territorial, todo indica, una vez escuchadas las aportaciones de expertos constitucionalistas, que no va a encontrar acomodo legal en un nuevo estatuto. Es por ello que nuestra propuesta de pacto social debe desdoblarse en dos instrumentos paralelos para dar respuestas integrales a los retos que tenemos como sociedad. Por un lado, un nuevo estatuto que innove las posibilidades competenciales del actual marco legal, y, por otro, un acuerdo del Parlamento Vasco con contenidos concretos que –más allá de elementos declarativos– inste al gobierno central y al Congreso de los Diputados a articular una Ley de Claridad que ampare consultas legales pactadas sobre el estatus territorial con preguntas claras y mayorías cualificadas para ser vinculantes. Esta Ley de Claridad, escuchadas las voces de expertos, no precisaría de una reforma constitucional, pero también podría formar parte de ella.

En una época de soberanías compartidas y de vaciamiento del estado-nación, Elkarrekin Podemos propone un proyecto con especial sentido histórico al impulsar activamente la democratización del estado en tres direcciones: la social, la institucional y la plurinacional. En este último aspecto las vías pactadas son claves. Ya no existen solamente dos actores: el sujeto político constituyente y el poder constituido. Existen más niveles, con diferentes legitimidades y más interacciones entre ellos. Asumir la unilateralidad implica cierto grado de ingenuidad, por más que la bilateralidad no sea precisamente sencilla. Asumir la vía unilateral no tiene necesariamente consecuencias progresistas, como ya hemos visto en Catalunya, por no mencionar que lleva implícita que ni la política vasca ni la estatal pueden cambiar, que la democratización del estado no es posible y que el proyecto Elkarrekin Podemos/Unidos Podemos, por lo tanto, es irrealizable.

Basta pensar un segundo [que] la sociedad vasca que nos rodea es una sociedad de gran diversidad, extraordinariamente plural y “lo vasco”, lo que ambas concepciones nombran como tal, todo lo que tiene que ver con la lengua y la cultura vascas, está en todas partes.

Así se pronunciaba Atxaga sobre la pluralidad de la sociedad vasca. Una sociedad en la que los sentimientos identitarios son múltiples y se mantienen relativamente estables en el tiempo, una sociedad en la que las opciones de estatus también son plurales y ninguna mayoritaria por sí sola. En esa sociedad, un proyecto político de cambio debe basarse en hacer compatible un fuerte sistema de autogobierno con clara vocación social, defender sin complejos ni prejuicios la pluralidad de la sociedad vasca y ofrecer cauces eficaces para la expresión democrática de la ciudadanía. No vamos a vivir mejor si no podemos convivir, no vamos a convivir si no lo hacemos libremente y no podremos decidir sin una voluntad inequívoca de convivir.

En el ámbito del estatus territorial proponemos como punto de encuentro para esa diversidad, un modelo de estado federal, o con rasgos de confederalidad, vinculado a un estado social y de derecho. Son notables los indicios de que este modelo puede generar la adhesión de una mayoría amplia, plural y transversal en Euskadi.

Este proyecto político radicalmente democrático, cosmopolita e igualitario en lo social debe incorporar en pie de igualdad aspectos como el de nuestra especificidad cultural, particularmente el euskera. Se trata de un patrimonio extraordinario que debe alejarse de cualquier confrontación partidaria. De hecho, debe ser uno de los elementos que sirva para cohesionar a nuestra sociedad.

Los derechos lingüísticos no sólo deben quedar blindados en el nuevo estatuto, sino que debemos entenderlos en un sentido inclusivo y expansivo. Así, las personas que no conocen una de sus lenguas deben tener garantizado el derecho a aprenderla si así lo desean y a hacerlo de forma gratuita.

Asimismo, frente a su secular olvido institucional resulta pertinente señalar que en Euskadi desde hace siglos conviven con nosotras personas de otros pueblos como el gitano. Desde una apuesta sincera y clara por una interculturalidad basada en la integralidad de los derechos humanos debemos promover normas –empezando por las fundamentales– que protejan la diversidad y los derechos culturales. De un modo parecido, en una sociedad integradora e inclusiva como la vasca, con una presencia permanente y cada vez más diversa de personas procedentes de otros ámbitos geográficos, debemos garantizar políticas públicas que aseguren activamente su respeto.

También es clave entender que el euskera es un patrimonio compartido por las personas que vivimos en Euskadi y por muchos vascos y vascas que viven en otros territorios próximos geográfica y culturalmente. El nuevo estatuto tiene que abrir cauces y espacios formales e informales para naturalizar el intercambio cultural, social y económico en ese espacio geográfico. Especialmente con Navarra, desde el respeto a su capacidad de decisión autónoma.

Con estos elementos claros, la ciudadanía vasca está en condiciones de cimentar su futuro de manera abierta y activa, no en clave partidista y como mera espectadora. La ponencia es el primer paso de este proceso, pero no el último. Los demás están todos por inventar, y ahí no sobra nadie y faltamos todas y todos. “No será cosa de hoy, ni de mañana, pero ese momento utópico llegará”, escribía Atxaga. Para nosotras ese momento es aquí y es ahora.

 

Artículo original en publico.es

Dejar atrás la guerra relámpago

Sergio Campo
Responsable de Discurso en Podemos Euskadi

A lo largo de la historia han sido varios los momentos en los que se han empleado estrategias militares consistentes en buscar avances muy rápidos concentrando toda la fuerza de fuego en un punto concreto de las líneas enemigas con el fin de romperlas y penetrarlas. En el siglo XX, esta estrategia que permitía tomar amplios territorios en un corto período de tiempo y con pocas bajas se generalizó, recibiendo el nombre de blitzkrieg o “guerra relámpago”.

Nos gusten más o menos las analogías militares, algo de esto había en la primera Asamblea de Vistalegre en 2014 con el “asalto a los cielos” y la “maquinaria de guerra electoral”. En su traducción política, en absoluto belicista, nos proponíamos acceder al gobierno, no como fruto de una larga estrategia de acceso gradual, primero en lo social y después en las urnas, sino a través de un desborde consecuencia de la necesidad urgente de dotarnos de gobiernos dignos. Unos gobiernos a la altura de las respuestas justas que una amplia mayoría social demanda ante una insoportable crisis económica e institucional.

Las elecciones de diciembre de 2015 y de junio de 2016 –y los aciertos y errores previos a estas– nos señalaron los límites de dicha estrategia que ha quedado superada tras la asamblea de este año de Vistalegre y en la que se han priorizado otras claves como el fortalecimiento de los círculos, el enraizamiento en el territorio y el trabajo con la sociedad civil organizada. Dicho de una forma más gráfica, colectivamente nos hemos propuesto construir el proceso de cambio social y político no sólo con rapidez sino, especialmente, en profundidad.

Ahora bien, la primera estrategia ha dejado una profunda huella en nuestra organización, en nuestras bases, en los círculos y en nuestra forma de entender la política. Una huella que configura en cierto modo una cultura organizacional todavía en transición. Así, es importante que reflexionemos sobre algunos aspectos de nuestro día a día con vistas a renovar nuestras estrategias y adaptarlas a la nueva fase del ciclo político en Euskadi. Un nuevo ciclo que hemos definido como una reacción por parte de las fuerzas hegemónicas, como un intento de cierre por arriba por parte de PNV, PSE y PP. En este sentido, al igual que hemos hecho a nivel estatal nuestra estrategia política en Euskadi debe ser readecuada, abordando, entre otras muchas cuestiones aspectos relativos al discurso, el ritmo político o el abordaje de los temas. Pero esta necesidad de renovación no se limita sólo a lo comunicativo, pues también se extiende a los propios contenidos.

En ese plano comunicativo, en los últimos años han llamado la atención los cambios que se están dando en otras fuerzas políticas, poniéndose en ocasiones más el foco en lo estético que en el fondo. Sin embargo, los cambios más significativos son precisamente los que se han producido en el ámbito discursivo. Así, cada vez resulta más frecuente escuchar en boca de representantes de otras fuerzas políticas elementos propios de Podemos y de las fuerzas del cambio como Elkarrekin Podemos o unidos Podemos. No es extraño oírles hablar de “gente”, “transparencia”, “gobernanza”, de “poner en el centro las necesidades sociales” o de “hacer políticas para la mayoría de la ciudadanía”. En algunos casos incluso se hacen los falsos indignados con la corrupción. Eso sí, siempre y cuando sea en Madrid y con el PP, y no con la suya propia y en Euskadi. Todo esto es especialmente habitual, aunque no solamente, en el PNV que está buscando su afianzamiento como fuerza dirigente del país por antonomasia.

Que se esté produciendo en partidos hegemónicos este cambio discursivo, a pesar de ser una versión superficial y vacía de contenido, muestra el éxito y la penetración de la llamada “nueva política” en el conjunto de la ciudadanía. Se ha configurado un nuevo estándar al respecto. Pero también es la constatación de que ese lenguaje se asentaba sobre valores hasta cierto punto fáciles de asimilar por el sistema y las élites. Por esta razón, es momento de dar un paso más y de optar por valores más profundos, con aristas, más difíciles de asir por los partidos tradicionales, pero que continúen permeando igualmente el imaginario colectivo.

Una de las claves para dificultar la cooptación discursiva de los partidos hegemónicos pasa por un cambio de ritmos. Durante la fase anterior, de guerra relámpago, era necesario lanzar a diario nuevas cuestiones y temas de interés social y político. Formaba parte de esa estrategia de concentración de fuego. En este momento es más importante profundizar en cada uno de esos temas. Ya no se trata tanto de señalar las carencias de las agendas políticas tradicionales, como de poner el énfasis en la viabilidad de alternativas más justas y de futuro. Es preciso planificar estrategias más sostenidas en el tiempo y progresivas, dentro y fuera de las instituciones, acompañando a y acompañadas de la sociedad civil organizada.

La dinámica actual no es sostenible en el tiempo y su cambio choca con una realidad que no es solo interna. Tiene la dimensión externa de alimentar la demanda de unos medios de comunicación ávidos de temas de consumo rápido. De ahí la importancia de diseñar estrategias progresivas en las que la información y las iniciativas sobre una misma cuestión se sucedan una tras otra manteniendo el interés informativo y el de la opinión pública. El objetivo no es sólo evitar que el tema se queme rápidamente, sino intentar quemar y posicionar al adversario con cada tema.

Este cambio de ritmo no conlleva en ningún caso una pérdida de potencia política. Haciendo un paralelismo, tenemos que ser el hilo conductor de una corriente política y social que en este momento no pasa tanto por subir el amperaje como por incrementar el voltaje, es decir, la diferencia de potencial, la tensión entre dos puntos. No se trata de hacer circular mucha cantidad de temas, sino de hacerlo confrontando dos puntos, dos sistemas de valores, cada vez más alejados entre sí. Se trata de ser el cauce de un caudal menor pero mucho más intenso.

La distancia entre nuestros sistemas de valores no debe hacernos perder de vista que el nuestro, el de las fuerzas de cambio, debe ubicarse en claves cercanas o cuanto menos asumibles por la mayoría social que aspiramos a movilizar. En esta lógica es más útil posicionar al adversario en un extremo que reposicionarnos nosotras en un lugar que la ciudadanía no pueda, quiera o sea capaz de sentir como propio.

Veamos, a la luz de lo expuesto, el caso de la moción de censura contra Rajoy como un buen ejemplo de todo esto. En ella, al Gobierno del Partido Popular se le ha posicionado en el extremo político de la indignidad y el quebranto de nuestra democracia. Frente a ellos, Unidos Podemos no se ha movido un ápice de la posición de representar el sentido común de la mayoría de la ciudadanía. Sin embargo, la distancia entre ambas posiciones se incrementa. Un planteamiento que huye de la rapidez para adentrarse en la lógica de la profundización logrando como resultado final la máxima potencia política.

Una de las cuestiones que más llamó la atención en esa moción de censura, fue el emocionante discurso de Irene Montero. Y es que a la hora de construir y afianzar la identificación de nuestro sistema de valores con el del sentido común popular, juega un papel fundamental la capacidad de empatía y, por lo tanto, de emocionar. Decía Oscar Wilde en El alma del hombre bajo el socialismo que “resulta mucho más fácil suscitar emociones que inteligencia”. No le faltaba razón. La pretensión de desvelar la verdad no puede ser excusa para abandonar una de las lecciones que hemos aprendido las fuerzas del cambio en los últimos años: no basta con tener razón, ni tan siquiera buenas razones. Para que estas sean eficaces, es necesario generar una disposición previa que viene condicionada por lo emocional. Así lo señalaba Manuel Castells hace unos días en la Universidad de Verano de Podemos. En este sentido, es imprescindible reconectar con la gente común y con las clases populares que se han sentido traicionadas por los viejos partidos. Esto lo hemos visto con Corbyn, Mélenchon o Sanders. En todos ellos, la reconexión tiene múltiples causas que la explican, pero solo una ejerce como denominador común: la capacidad que han tenido para emocionar.

Su traslación a la actualidad política vasca es de gran relevancia, como por ejemplo al plantear nuestra alternativa a la regresiva reforma de la Renta de Garantía de Ingresos (RGI). No podemos caer en el error de obviar este aprendizaje, porque el adversario (PNV, PSE y PP) lo ha aprendido también y tiene su propia estrategia: apelar al sentimiento de agravio para enfrentar a los de abajo con los de más abajo aún. De ahí que agiten el señuelo del fraude dándole una dimensión que no tiene. A nosotras, junto con los movimientos sociales, nos corresponde la tarea de fondo de presentar la cara humana de la pobreza y la desigualdad, de estimular la empatía y la solidaridad, de facilitar que una mayoría social opte por situarse junto a las personas más vulnerables. No valen atajos ni optar por las soluciones fáciles, porque esta lucha puede definir el rumbo que tome el intento de cierre por arriba que intentan las élites en Euskadi.

Sin embargo, más allá de este tipo de cuestiones sobre el cómo –entre las que merece un tratamiento propio la relación con la sociedad civil organizada– también hay que plantearse el qué, el contenido de nuestra acción política. No basta con señalar únicamente la necesidad de trabajar en profundidad, en estrategias más sostenidas en el tiempo, introduciendo valores “duros” para el sistema, subiendo el voltaje político y conectando emocionalmente con la mayoría social. También es importante que señalemos la necesidad de acertar al abordar aquellas cuestiones que respondan a las necesidades e inquietudes de la ciudadanía.

Podemos afirmar sin equivocarnos que la ciudadanía ya nos percibe como la fuerza política que defiende prioritariamente los derechos sociales o que más claramente representa la regeneración política. Cuestiones sobresalientes en las preocupaciones de amplios sectores sociales. Pero son agendas que se proyectan sobre problemas presentes pero con origen en el pasado. Se orientan a responder a recortes sociales y a una sucesión de casos de corrupción. Pero no tanto, aunque también, a mirar al futuro desde el presente. Esto otro se vincula a las expectativas, más o menos ciertas, más o menos cercanas en el plano temporal, de “tener oportunidades”, “alcanzar una cierta estabilidad” o “mejorar las condiciones materiales de vida”. Se vincula, por lo tanto, más a cuestiones vinculadas con el acceso al empleo, su calidad, la economía o políticas de desarrollo territorial y productivo.

Es preciso, por lo tanto, configurar otro estándar, uno nuevo, no sólo discursivo y comunicativo, no sólo de la política del pasado y del presente como, en buena medida, hemos hecho hasta ahora. El reto es ser ya, hoy, el futuro. Justo cuando parece que no hay alternativa. Y eso pasa necesariamente por hacernos fuertes donde ahora mismo lo somos menos: en empleo, desarrollo productivo y territorial, política económica y fiscal. Fuertes en un ámbito que ha sido hasta ahora monopolio de las fuerzas hegemónicas. Fuertes en un ámbito que genera incertidumbre a esas clases populares y a ese precariado –mayoritariamente joven, pero no únicamente– que confía en buena medida en nosotras. No se trata sólo de ser el futuro por la edad de nuestro votante medio, se trata de conquistar el futuro por ser las fuerzas políticas que una mayoría ciudadana identifica con la respuestas más justas, sostenibles y útiles frente a los retos de nuestra sociedad. Respuestas que generen ilusión y esperanza como contrapoder al miedo, a la incertidumbre y a la resignación. Todas estas son cuestiones que no sólo identificamos como necesarias sino que tenemos la responsabilidad de llevar a cabo, sobre todo, porque contamos con la capacidad política y organizativa de realizarlas.

 

Artículo original de publico